Un bourbon con hielo, por favor

Eran las siete de la tarde de un veinticuatro de diciembre de 1982, en Madrid. Esa tarde, como cualquier otra del año, Ricardo Galán acudía al bar más cercano a su casa para beber whisky. Solía disfrutar, además de su elixir, de la aborrecible e inevitable compañía de Adolfo y Francisco, que al igual que él, no faltaban a su cita diaria con el alcohol.

Como era previsible, ese día el bar estaba más vacío de lo habitual, pues la mayoría de la gente se había marchado a casa para cenar. Ellos permanecerían ahí varias horas más, pues ninguna cena les esperaba, y por supuesto, ninguna familia. Su mutua compañía era lo más similar a una familia en ese momento de sus vidas.

Tras acabar la banal e inconexa conversación que mantenía con Adolfo, y tras apurar su tercer bourbon con hielo, Ricardo salió del bar para fumar un cigarrillo. El frío cortaba la cara, el cielo era gris ceniza y las calles estaban completamente vacías. Parecía como si ese día la felicidad, el amor y la fraternidad humana hubieran decidido por unanimidad darle la espalda a todos aquellos que no tuvieran la suerte de gozar de cualquier clase de compañía. Por un momento a Ricardo le inundó la tristeza, para después sentir, motivado por el bourbon que ya corría por sus venas, una sensación de arrogante desprecio hacia los que en ese particular día del año parece que lo tienen todo.

Iros al infierno – Dijo con tono ronco, tras darle una calada a su cigarrillo.

Las tornas de la vida cambian constantemente. Un día todos felices y al siguiente todos en el fango – añadió.

Ya de camino a casa, y con un sentimiento creciente de tristeza y furia propiciado por la mezcla de alcohol, soledad y navidad, vio que había una persona sentada en un banco. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años de edad que consumía una lata de cerveza. Llevaba barba larga, pelo cano miserable y un abrigo largo marrón.  Desprendía el olor fuerte y desagradable que solo la suma de falta de higiene e intemperie prolongada genera.

-Feliz Navidad jefe – dijo Ricardo.

-Qué navidades ni que niño muerto – dijo el vagabundo.

-¿Vas a estar aquí toda la noche?

-Toda la noche y todo el año que viene, supongo. Llevo cuatro años igual, y no sé… para siempre.

-Seguro que no jefe, la suerte puede cambiar cualquier día.

-Sólo el paso del tiempo dirá. Feliz Navidad compadre.

-Feliz Navidad.

Ricardo prosiguió su camino. Después de esa breve conversación, sentía como si la desesperanza de sus pensamientos más tenebrosos se hubiera diluido con las palabras del vagabundo. Como decía su amigo Adolfo, no hay nadie lo suficientemente desgraciado. Por un momento pensó que quizá la vida, pese a no ser una fiesta, tampoco era el cuarto oscuro en el que él muchas veces consideraba encontrarse.

Concluyó que el designio de la existencia tendría un alto porcentaje de azar, y que el injusto reparto de los naipes de la ingrata baraja de la vida es por ley inevitable. Pero esos naipes siempre podrán jugarse, barajarse o quemarse, y el futuro nunca estará escrito con imborrable tinta. Reflexionó que probablemente a partir de ese momento, la fuerza de su propia voluntad sería la única herramienta que le permitiría recibir las futuras navidades en diferentes circunstancias. Quizá sobrio y acompañado.

Al llegar a casa cocinó unos huevos cocidos, abrió una cerveza y celebró su Nochebuena.

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Relato escrito para Concurso de Cuentos Navideños de Zenda Libros (https://www.zendalibros.com)

Autor: Javier García Montrull

E-mail: jgmontrull@gmail.com

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